Vivimos en un mundo en guerra. Las estadísticas
así lo revelan. Actualmente existen en el planeta cerca de 50 conflictos
armados, que han dejado durante la última década la escalofriante
cifra de dos millones de niños asesinados. Existen 23 millones de desplazados
inocentes, víctimas de distintas guerras, que pululan sin raíces
a lo largo y ancho del orbe, perseguidos por su raza, religión, etnia
o convicciones.
En estos últimos dos años, los ciudadanos de éste país
nos hemos manifestado en contra de una guerra, como todas injusta, provocada
por la sed de petróleo de las naciones y empresas occidentales, en una
carrera de muerte que parece no tener fin. Hemos conocido en directo las atrocidades
que los hombres son capaces de ejecutar, manipulados por intereses ajenos a
su causa. Es por tanto, la injusticia, la base de estos conflictos.
Que duda cabe que este tipo de violencia, "directa", nos indigna de
especial forma, por ser sus consecuencias tan evidentes. Si la violencia nos
horroriza por el gran número de muertes evitables que deja a su paso,
el origen no sólo la deberemos buscar en las armas. Si nos paramos un
momento a pensar cuál es la causa principal de muertes evitables en la
tierra, la respuesta se aleja de las balas. El hambre, la miseria, las enfermedades
fácilmente curables
son la mayor causa de muerte de nuestro planeta.
¿Por qué no entonces tratar como un hecho violento estos fenómenos,
buscando verdugos y víctimas?
Para encontrar a los verdugos hay un dato esclarecedor. El 80% de los recursos
mundiales son consumidos por tan sólo el 20% de la población.
Para encontrar a las víctimas no tenemos más que mirar a nuestro
alrededor. Los débiles, los marginados, los excluidos son sin lugar a
duda las víctimas de la forma de violencia más atroz jamás
conocida. Es la estructura injusta que hemos montado, este tinglao en el que
gobiernos, empresas multinacionales, consumidores manipulados
son verdugos
y cómplices.
Esta violencia encubierta, provocada por la propia estructura socioeconómica
se hace cada día más patente, y no sólo en países
empobrecidos, sino en nuestro propio país, ciudad y barrio. Es ingenuo
pensar que las dificultades cada vez mayores de gran parte de la población
para encontrar un trabajo digno, una vivienda pagable
, es algo casual.
Igual de ingenuo es pensar que de esa situación nadie se esta aprovechando
obteniendo beneficios extraordinarios, alguien que esta generando estas victimas.
Verdugos de guante blanco.
Miramos a nuestro alrededor y cada vez vemos a más personas excluidas
de este sistema de bienestar creado. Personas, y ante todo personas, que no
tienen acceso a ningún tipo de oportunidad, personas a las que todas
las puertas se les cierran. Personas que pasan a ser incluso molestas a nuestros
ojos, en nuestra ciudad, en nuestro barrio. Estas son las víctimas de
la violencia estructural.
Nosotros, como cristianos, como comunidad parroquial, como comunidad arciprestal,
tenemos la obligación y el compromiso de estar al lado de estas víctimas,
darles voz, y ser el dedo que señale al verdugo. No confundamos nunca
a ambos. No seamos cómplices del sufrimiento. No provoquemos sufrimiento.
Sólo desde la justicia y la igualdad se puede construir la paz.
Mirando al que sufre con la mirada de un hermano, estremeciéndonos e
indignándonos ante su sufrimiento, tendiendo una mano de ayuda que le
de una oportunidad, así seremos agentes de paz.
Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos
de Dios.
Valladolid, 5 de junio de 2004.