Era el
mes de mayo. Benito, Martín y Benjamín ya habían
llegado a casa del abuelo para hacer la siega. Todos los años
venían, eran casi de la familia, ellos estaban contentos con
el amo y el amo con ellos. Procedían de la provincia de Jaén
y eran muy graciosos, sobretodo Benito, el abuelo se reía mucho
cuando decía que su mujer hacía unos chorizos de pavo
muy ricos, pensaba que era broma pero no, es que no podían criar
un cerdo.
Yo era la nieta más pequeña y siempre estaba por medio.
Una vez me trajeron del campo una perdiz con el ala rota, la metí
en una jaula y todos los días mi hermana mayor le curaba la herida,
mientras yo la sujetaba entre las manos, pero la perdiz fue más
lista que yo y en un descuido se me escapó; no se si llegaría
muy lejos, pero me dijeron que en la jaula se hubiera muerto de pena,
así que di un suspiro y dije: mejor que se haya ido, pero no
se lo digáis a Benito.
Llegó el último día de la siega y ya anochecido
llegaron los segadores, Benito se me quedó mirando con una sonrisilla
pícara y yo pensé: ya sabe lo de la perdiz. En una mano
sostenía un costal que contenía algo y me llamó.
-Tengo una cosa para ti, pero tienes que esperar a que me quite las
abarcas y me refresque un poquillo. Yo esperaba impaciente. La sorpresa
eran dos cachorros de gato montés gato y gata que resoplaban
cada vez que alguien quería echarles mano, Benito dijo que el
gato se llamaba Napoleón y la gata Zapaquilda y con ese nombre
se quedaron, ¡ faltaría mas!. Pasaron unos meses y se hicieron
grandísimos, eran los gatos más bonitos de toda la vecindad,
pero nunca se dejaron acariciar. Zapaquilda solía ausentarse
varios días y cuando la dábamos por desaparecida volvía,
así que nos acostumbramos a sus ausencias.
Un día la vi trepar por el tronco de la parra y me alegré
mucho de verla. -parece que no ha pasado hambre. -pensé. Y esta
vez se quedó. Un día la seguí hasta el pajar y
allí la encontré amamantando a tres ovillitos grises que
se aferraban a su vientre. Me quise acercar y la felina se incorporó
dando un bufido que, yo interpreté como un aviso para que no
me tomara demasiada confianza. Al fin y al cabo Zapaquilda era una gata
silvestre que nunca perdonó a los humanos que la sacaran de su
entorno.
Paqui
Tarazaga