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En el verano
de 1810 la capital del Pisuerga era una ciudad cerrada, los franceses
intentaban dar un aire de normalidad con bailes, teatro, órganos
de prensa y propaganda napoleónica, pero estaban muy lejos de conseguirlo.
La legislación era durísima, aplicada por una junta criminal
contra los "bergantes", también abundaban los controles
policiales y cada día el ejército galo tenía que
emplearse en labores de vigía, fortificación y persecución
de partidas. Las nuevas órdenes obligaban a los viandantes a portar
luz por la noche para iluminar los portales y evitar la ocultación
de los guerrilleros. Las cantinas tenían que cerrar al caer el
sol y se prohibía la entrada de mujeres acompañadas de soldados.
Por aquel entonces, Rosita, una hermosa mujer de labios carnales, mofletes
sonrosados y pelo caoba, vivía como pública querida del
general Kellermann, el jefe del sexto Gobierno Militar francés
destacado en España, cuya sede estaba instalada en Valladolid.
El "Verdugo", como era apodado por los vecinos, era un hombrecillo
de apariencia raquítica y enfermiza, de mirada inteligente, pero
falsa. Tenía cuarenta años y llamaba la atención
por su constitución enteca y delgada, pero ese cuerpo menudo albergaba
un carácter tenaz, decidido y duro hasta la crueldad. Kellermann
nunca representó un compendio de las cuatro virtudes cardinales.
Por su parte, Rosita estaba en la flor de la vida, tenía veinticinco
años y un marido muerto en la batalla de Cabezón cuando
sólo llevaban siete meses de matrimonio. La viuda se había
quedado desamparada, sin tiempo para tener descendencia y con una carreta
de deudas a las que sólo pudo hacer frente prostituyéndose
con los oficiales franceses, hasta que un día el máximo
mandatario de los invasores se encaprichó de ella y la tomó
en exclusividad.
Rosita era aborrecida en secreto por el pueblo, que no se atrevía
a increparla por temor a represalias, pero ella, también en secreto,
hacía de confidente para la guerrilla. Aquella noche había
emborrachado a Kellermann con un buen Cigales y el militar francés
se mostraba cada vez más locuaz.
-Esta nación obstinada mina al ejército con su resistencia.
En vano se cortan de un lado las cabezas de la hidra, ya renacen en otro.
Sin una revolución en las mentes, no llegaremos a tener sometida
durante mucho tiempo esta vasta Península.
-¡Ay! François, cuando hablas así mi corazón
palpita latidos de amor -dijo Rosita mientras camelaba a su ebria pareja
para sacarle información-, únicamente alguien tan valiente
como vos sería capaz de mandar correspondencia al mayor de los
Bonaparte criticando la estrategia de la guerra.
-No te adelantes mujer, los correos no saldrán hasta el amanecer.
Mañana es quince de agosto y los mojigatos españolitos estarán
demasiado ocupados en celebrar el día de la Asunción. Nadie
deparará en el correo -y a la vez que pronunciaba estas últimas
palabras, agarró por la cintura a su favorita, le dio un beso en
la boca, la empujó con fuerza hacia la cama y después de
gozar de sus carnes se quedó profundamente dormido. Baco había
hecho bien su trabajo, la información estaba en manos de una patriota.
Rosita esperó a escuchar los ronquidos de Kellermann para empezar
a mover las piezas. Ella, al igual que la mayoría de las mujeres
de aquella época, era iletrada, pero no así su sobrina Leonor,
que con apenas catorce años, era utilizada de correo. Leonor se
había quedado huérfana de muy pequeña y su tía
la había internado en un colegio religioso donde había aprendido
a leer y a escribir. Con la invasión francesa, aquella niña,
ya casi una mujer, había entrado a trabajar a en la cocina del
Palacio donde el mandamás de los galos tenía su residencia.
La magia de la escritura ponía en contacto a los guerrilleros liderados
por el intrépido Saornil que, junto a sus hombres, llevaba dos
noches oculto en las cercanías de Zaratán, un pequeño
pueblo a menos de una hora de camino. La nota escrita por Leonor, al dictado
de su tía, les avisaba que unos estafetas enemigos saldrían
al alba por el tramo de calzada que iba de las puertas de Santa Clara
hasta el Carmen. Los fajos de correspondencia que transportaban eran de
vital importancia, contenían precisas instrucciones sobre los movimientos
de tropas francesas.
Rosita escondió el papel en el doble fondo de una cesta de mimbre
cargada con un par de cántaros de leche vacíos. No había
tiempo para llenarlos, su sobrina tendría que disimular. Antes
de abrir la puerta de la calle Rosita dio un beso en la mejilla de Leonor
y acto seguido se santiguó. La amante de Kellermann era consciente
de la enorme dificultad de la empresa, no iba a ser tarea fácil
burlar los controles, esquivar la vigilancia y llegar hasta Saornil. Sabía
perfectamente que la enviaba al matadero, pero eran tiempos difíciles
y la lealtad a la patria estaba por encima de los difusos vínculos
familiares.
Afuera hacía fresco, Leonor transitó sin pausa por la Plaza
Mayor. Según las nuevas órdenes ninguna persona podía
detenerse en aquel lugar porque allí se efectuaban las paradas
militares, los soldados solían concentrarse a consumir sus ocios
y frecuentemente eran objeto de estafas, timos y demás defraudaciones.
Sin embargo, todavía era pronto para eso, la claridad del día
se abría paso a duras penas, la noche se resistía a perecer
alargando puerilmente su agonía. Unas pocas siluetas madrugadoras,
irreconocibles a pocos metros de distancia, deambulaban entre los soportales
como sombras difusas.
A paso rápido cruzó por delante de San Benito, en cuya portada
lucía flamante el blasón de los Bonaparte con el águila
imperial mancillando la honra de los buenos españoles. Poco después,
dejó a un lado el convento de San Agustín, reconvertido
en sucias cuadras. El espectáculo resultaba repugnante. Un vistazo
era suficiente para darse cuenta que el clero tenía razón,
la guerra era una santa insurrección contra el impío invasor,
una sagrada lucha de la que saldrían vencedores porque Dios estaba
con los españoles.
Encarriló los aledaños del Puente Mayor, el punto más
estratégico de la ciudad, el único paso por donde se podía
atravesar el río Pisuerga. Los soldados franceses, todos muy jóvenes,
hacían guardia temerosos ante los disparos de los francotiradores
apostados al otro lado del río. En más de una ocasión,
una bala perdida se había llevado por delante la vida de algún
compañero o había dejado malherido a otro.
Leonor se detuvo, tenía miedo, sólo era una niña,
quería regresar a la casa de su tía para refugiarse entre
sus brazos y llorar durante horas, pero no hizo nada de eso. Se comportó
como si fuera un títere al que movían los hilos desde la
distancia y, paso a paso, se acercó al puente donde media docena
de soldados empezaron a lanzarle soeces improperios en su vulgar lengua
natal. Hacían comentarios obscenos sobre su cuerpo, que ya insinuaba
las primeras curvas.
Enseguida la lujuria dejó paso a la gula; era muy temprano y los
franceses no habían desayunado, por eso al ver los cántaros
de leche se abalanzaron como auténticos bárbaros sobre los
recipientes. Algo iba mal, estaban vacíos. Leonor se puso muy nerviosa,
empezó a mover los brazos compulsivamente tratando de justificarse,
entonces la cesta se cayó al suelo haciéndose añicos
y la carta con la información confidencial fue a dar a la lustrosa
bota de un soldado.
Al dar la voz de alarma, Leonor echó a correr hacia el otro extremo
del puente, desde donde otros cuatro soldados se acercaban hacia ella
cerrándole el paso. No había salida. En ese instante, a
la velocidad de un rayo, pasó por su mente la historia que contaban
en los mentideros de la ciudad sobre el hijo de un latonero, de tan sólo
doce años, que fue detenido cuando llevaba pólvora a las
partidas. Los franceses le aplicaron fuego lento a la planta de los pies
para que delatase a los guerrilleros. El valiente niño murió
abrasado, pero no traicionó a los patriotas.
Ella, al igual que su tía, también era una buena patriota,
pero no tenía tanto coraje, se veía incapaz de soportar
un dolor tan brutal, no aguantaría mucho sin desplegar los labios.
Leonor miró a su derecha, el río venía bastante crecido,
no sabía nadar, pero no dudó, se precipitó al vacío.
La Cruzada se cobraba otra víctima más, un nuevo mártir
anónimo, sin suerte, hijo de un dios menor.
Más o menos a esa hora, el guerrillero Saornil empezaba a impacientarse
por la ausencia de noticias; el general Kellermann se levantaba de la
cama con dolor de cabeza; a su lado la melosa Rosita seguía ejerciendo
el oficio más viejo del mundo y el cuerpo de Leonor era arrastrado
río abajo por una fuerte corriente repleta de olvido.
Juan Manuel Olcese Alvear
Profesor de Ciencias Sociales del IES Zorrilla
Autor de dos novelas: El relevo (Cuatro y el Gato, 2005)
y La mirada del Café (El Libro Azul, 2008).
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