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EL PUENTE DEL OLVIDO

Por Juan Manuel Olcese Alvear

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En el verano de 1810 la capital del Pisuerga era una ciudad cerrada, los franceses intentaban dar un aire de normalidad con bailes, teatro, órganos de prensa y propaganda napoleónica, pero estaban muy lejos de conseguirlo. La legislación era durísima, aplicada por una junta criminal contra los "bergantes", también abundaban los controles policiales y cada día el ejército galo tenía que emplearse en labores de vigía, fortificación y persecución de partidas. Las nuevas órdenes obligaban a los viandantes a portar luz por la noche para iluminar los portales y evitar la ocultación de los guerrilleros. Las cantinas tenían que cerrar al caer el sol y se prohibía la entrada de mujeres acompañadas de soldados.


Por aquel entonces, Rosita, una hermosa mujer de labios carnales, mofletes sonrosados y pelo caoba, vivía como pública querida del general Kellermann, el jefe del sexto Gobierno Militar francés destacado en España, cuya sede estaba instalada en Valladolid. El "Verdugo", como era apodado por los vecinos, era un hombrecillo de apariencia raquítica y enfermiza, de mirada inteligente, pero falsa. Tenía cuarenta años y llamaba la atención por su constitución enteca y delgada, pero ese cuerpo menudo albergaba un carácter tenaz, decidido y duro hasta la crueldad. Kellermann nunca representó un compendio de las cuatro virtudes cardinales. Por su parte, Rosita estaba en la flor de la vida, tenía veinticinco años y un marido muerto en la batalla de Cabezón cuando sólo llevaban siete meses de matrimonio. La viuda se había quedado desamparada, sin tiempo para tener descendencia y con una carreta de deudas a las que sólo pudo hacer frente prostituyéndose con los oficiales franceses, hasta que un día el máximo mandatario de los invasores se encaprichó de ella y la tomó en exclusividad.


Rosita era aborrecida en secreto por el pueblo, que no se atrevía a increparla por temor a represalias, pero ella, también en secreto, hacía de confidente para la guerrilla. Aquella noche había emborrachado a Kellermann con un buen Cigales y el militar francés se mostraba cada vez más locuaz.
-Esta nación obstinada mina al ejército con su resistencia. En vano se cortan de un lado las cabezas de la hidra, ya renacen en otro. Sin una revolución en las mentes, no llegaremos a tener sometida durante mucho tiempo esta vasta Península.
-¡Ay! François, cuando hablas así mi corazón palpita latidos de amor -dijo Rosita mientras camelaba a su ebria pareja para sacarle información-, únicamente alguien tan valiente como vos sería capaz de mandar correspondencia al mayor de los Bonaparte criticando la estrategia de la guerra.
-No te adelantes mujer, los correos no saldrán hasta el amanecer. Mañana es quince de agosto y los mojigatos españolitos estarán demasiado ocupados en celebrar el día de la Asunción. Nadie deparará en el correo -y a la vez que pronunciaba estas últimas palabras, agarró por la cintura a su favorita, le dio un beso en la boca, la empujó con fuerza hacia la cama y después de gozar de sus carnes se quedó profundamente dormido. Baco había hecho bien su trabajo, la información estaba en manos de una patriota.


Rosita esperó a escuchar los ronquidos de Kellermann para empezar a mover las piezas. Ella, al igual que la mayoría de las mujeres de aquella época, era iletrada, pero no así su sobrina Leonor, que con apenas catorce años, era utilizada de correo. Leonor se había quedado huérfana de muy pequeña y su tía la había internado en un colegio religioso donde había aprendido a leer y a escribir. Con la invasión francesa, aquella niña, ya casi una mujer, había entrado a trabajar a en la cocina del Palacio donde el mandamás de los galos tenía su residencia.


La magia de la escritura ponía en contacto a los guerrilleros liderados por el intrépido Saornil que, junto a sus hombres, llevaba dos noches oculto en las cercanías de Zaratán, un pequeño pueblo a menos de una hora de camino. La nota escrita por Leonor, al dictado de su tía, les avisaba que unos estafetas enemigos saldrían al alba por el tramo de calzada que iba de las puertas de Santa Clara hasta el Carmen. Los fajos de correspondencia que transportaban eran de vital importancia, contenían precisas instrucciones sobre los movimientos de tropas francesas.
Rosita escondió el papel en el doble fondo de una cesta de mimbre cargada con un par de cántaros de leche vacíos. No había tiempo para llenarlos, su sobrina tendría que disimular. Antes de abrir la puerta de la calle Rosita dio un beso en la mejilla de Leonor y acto seguido se santiguó. La amante de Kellermann era consciente de la enorme dificultad de la empresa, no iba a ser tarea fácil burlar los controles, esquivar la vigilancia y llegar hasta Saornil. Sabía perfectamente que la enviaba al matadero, pero eran tiempos difíciles y la lealtad a la patria estaba por encima de los difusos vínculos familiares.


Afuera hacía fresco, Leonor transitó sin pausa por la Plaza Mayor. Según las nuevas órdenes ninguna persona podía detenerse en aquel lugar porque allí se efectuaban las paradas militares, los soldados solían concentrarse a consumir sus ocios y frecuentemente eran objeto de estafas, timos y demás defraudaciones. Sin embargo, todavía era pronto para eso, la claridad del día se abría paso a duras penas, la noche se resistía a perecer alargando puerilmente su agonía. Unas pocas siluetas madrugadoras, irreconocibles a pocos metros de distancia, deambulaban entre los soportales como sombras difusas.
A paso rápido cruzó por delante de San Benito, en cuya portada lucía flamante el blasón de los Bonaparte con el águila imperial mancillando la honra de los buenos españoles. Poco después, dejó a un lado el convento de San Agustín, reconvertido en sucias cuadras. El espectáculo resultaba repugnante. Un vistazo era suficiente para darse cuenta que el clero tenía razón, la guerra era una santa insurrección contra el impío invasor, una sagrada lucha de la que saldrían vencedores porque Dios estaba con los españoles.


Encarriló los aledaños del Puente Mayor, el punto más estratégico de la ciudad, el único paso por donde se podía atravesar el río Pisuerga. Los soldados franceses, todos muy jóvenes, hacían guardia temerosos ante los disparos de los francotiradores apostados al otro lado del río. En más de una ocasión, una bala perdida se había llevado por delante la vida de algún compañero o había dejado malherido a otro.


Leonor se detuvo, tenía miedo, sólo era una niña, quería regresar a la casa de su tía para refugiarse entre sus brazos y llorar durante horas, pero no hizo nada de eso. Se comportó como si fuera un títere al que movían los hilos desde la distancia y, paso a paso, se acercó al puente donde media docena de soldados empezaron a lanzarle soeces improperios en su vulgar lengua natal. Hacían comentarios obscenos sobre su cuerpo, que ya insinuaba las primeras curvas.


Enseguida la lujuria dejó paso a la gula; era muy temprano y los franceses no habían desayunado, por eso al ver los cántaros de leche se abalanzaron como auténticos bárbaros sobre los recipientes. Algo iba mal, estaban vacíos. Leonor se puso muy nerviosa, empezó a mover los brazos compulsivamente tratando de justificarse, entonces la cesta se cayó al suelo haciéndose añicos y la carta con la información confidencial fue a dar a la lustrosa bota de un soldado.


Al dar la voz de alarma, Leonor echó a correr hacia el otro extremo del puente, desde donde otros cuatro soldados se acercaban hacia ella cerrándole el paso. No había salida. En ese instante, a la velocidad de un rayo, pasó por su mente la historia que contaban en los mentideros de la ciudad sobre el hijo de un latonero, de tan sólo doce años, que fue detenido cuando llevaba pólvora a las partidas. Los franceses le aplicaron fuego lento a la planta de los pies para que delatase a los guerrilleros. El valiente niño murió abrasado, pero no traicionó a los patriotas.


Ella, al igual que su tía, también era una buena patriota, pero no tenía tanto coraje, se veía incapaz de soportar un dolor tan brutal, no aguantaría mucho sin desplegar los labios. Leonor miró a su derecha, el río venía bastante crecido, no sabía nadar, pero no dudó, se precipitó al vacío. La Cruzada se cobraba otra víctima más, un nuevo mártir anónimo, sin suerte, hijo de un dios menor.


Más o menos a esa hora, el guerrillero Saornil empezaba a impacientarse por la ausencia de noticias; el general Kellermann se levantaba de la cama con dolor de cabeza; a su lado la melosa Rosita seguía ejerciendo el oficio más viejo del mundo y el cuerpo de Leonor era arrastrado río abajo por una fuerte corriente repleta de olvido.


Juan Manuel Olcese Alvear
Profesor de Ciencias Sociales del IES Zorrilla
Autor de dos novelas: El relevo (Cuatro y el Gato, 2005)
y La mirada del Café (El Libro Azul, 2008).

 

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