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TAN POCA COSA
Autora: Mª Ángeles Olea Herrero

Primer Premio Certamen de relatos breves Delicias-Pajarillos. San Isidro 2007
Publicado en la revista "Aquí Delicias" nº 36 (julio 2007-Valladolid)

 

 

El despertador sonó como todas las mañanas. Su música estridente era la señal inequívoca de que comenzaba otro día. Se sobresaltó, y a la vez que Laura, ella saltó de la cama. El reloj la había asustado.

Lo primero que hizo fue dirigirse a la ventana. Pegó su nariz al cristal, y por el amplio tragaluz vio el cielo azul. Estaba salpicado por pequeñas nubes que no impedían que un sol radiante se abriera paso entre ellas, dejando caer su luz sobre el paisaje. Daba la sensación de que el invierno llegaba a su fin. Miró los árboles, no se movían, no hacía viento. A ella no le gustaba el viento.

Decidió que sería un día estupendo. Ella siempre pensaba en positivo. Todos los días le parecían espléndidos. La verdad era que los últimos tiempos no habían sido demasiado buenos. Se sentía sola y confusa. No entendía nada ni a casi nadie pero siempre pensaba que en adelante le ¡ría mejor.

Escuchó ruidos en la cocina. Allí estaban Carlos, Raquel y Laura. Empezaban a desayunar. Estuvo tentada de unirse a ellos, pero sabía de sobra que no iba a ser bien recibida. En el momento en que cruzara la puerta no la dirigirían la palabra, ni siquiera para darle los buenos días. No la mirarían y por supuesto nadie la invitaría a desayunar. Siempre pasaba lo mismo.

La ignoraban y despreciaban, incluso alguna vez Carlos la había amenazado con la mano abierta, y junto con los demás la había lanzado insultos horribles. Estos recuerdos la hicieron entristecer. Se sentía injustamente tratada, y para nada, merecedora de semejante actitud.
Optó por esperar a que los tres se fueran y se quedó muy quieta en la habitación, hasta que escuchó el sonido de la llave que cerraba la puerta de la casa.

Solo entonces se dirigió a la cocina pensando que con un poco de suerte podría tomar algo para desayunar Cuando llegó hasta la mesa de cristal encontró la cocina totalmente ordenada. Habían recogido platos y vasos. Supuso que estarían dentro del lavavajillas listos para ser lavados. Las encimeras estaban aún húmedas, señal de que acababan de ser fregoteadas, incluso el suelo recién barrido no tenía ni una migaja de pan o galleta. Volvió su vista hacia el frigorífico a sabiendas de que no lo abriría. Era tan poca cosa...

Salió de la cocina y se dirigió a la puerta de la calle. Estaba cerrada con llave, así que salió por una ventana del hall que conducía a una escalera de incendios. Cuando llegó a la calle se dirigió al parque, vio gente caminando deprisa, cada uno iba a lo suyo: unos al trabajo, otros a la compra, y los más pequeños al colegio. Se sintió bien por tener tanto tiempo libre, era una suerte no tener obligaciones. Este pensamiento la hizo sonreír.

Dentro del jardín los obreros del servicio de limpieza se afanaban en regar, recoger hojas, cortar setos.... En unas horas, cuando las gentes tuvieran tiempo libre, disfrutarían paseando, jugando o simplemente charlando en los bancos blancos y verdes que había en ese trocito de oasis, en medio de la ruidosa ciudad.

Los obreros, manguera en mano, limpiaban todo lo susceptible de ser limpiado.
Ella se alejó por si la salpicaban con el chorro. Odiaba el agua, además no le sentaba nada bien. Era tan poca cosa... Dando un rodeo se dirigió al paso de cebra.

No esperó a que el semáforo estuviera verde para cruzar, estaba acostumbrada a hacerlo así. No creía correr ningún riesgo.
Llegó a la puerta del supermercado y esperó que alguien saliera, pues cuando se acercó a la puerta ésta no se abrió para permitirle la entrada. Pensó que otra vez la célula fotoeléctrica se había estropeado. Casi siempre le pasaban cosas como esta y llegó a pensar que necesitaba suerte o ayuda para realizar las tareas más insignificantes. Ella sola era incapaz. Se volvió a sentir triste. Era tan poca cosa...
Tenía hambre pero no dinero. Cuando logró acceder a la tienda y estaba a punto de comer un trozo de pastel que alguien había abandonado en una papelera, se escuchó una voz por megafonía anunciando que en el pasillo tres, frente a la sección de lácteos, había una degustación de productos de granja. Abandonó el pastel y se dirigió tan deprisa como pudo hacia allí. Encontró una mesa con miel, mermelada, queso, huevos.. , Probó un poco de casi todo, se tomó su tiempo, hasta que una vendedora disfrazada de granjera la insultó y amenazó, como lo hacía Carlos, con la mano abierta. Daba igual, ya estaba saciada y se fue de vuelta a casa, por supuesto y como siempre, sin comprar nada.
Desanduvo sus pasos y cuando atravesó de nuevo el parque, ya habían terminado de limpiar. Algunos bancos estaban ocupados. Había ancianos que charlaban o tomaban el so!. Eligió para descansar uno verde. En él estaba sentado un ejecutivo o alguien que lo parecía. Estaba inmerso en la lectura de un montón de papeles que debían de hablar de dosieres y balances. Con sumo cuidado para no molestar se sentó a su lado y permaneció allí unos minutos. El hombre, enfrascado como estaba en su lectura, ni se dio cuenta de su presencia, ni siquiera volvió la vista hacia ella y por supuesto tampoco saludó. Otra vez sintió tristeza y confusión. Era tan poca cosa para los demás...

Cuando por fin llegó al portal de la casa, Juan, el portero, estaba sacando brillo a las placas que había en la fachada. Las había doradas, de color plata y un par de ellas eran de bronce. Allí figuraban el nombre y profesión de algunos vecinos. Juan seguía limpiando, ni siquiera la vio. Se dirigió cruzando el portal hacia la escalera.

En aquel momento vio que el ascensor estaba abierto y entró en él, solo por entretenerse pues a ella no le cansaba subir las escaleras hasta la sexta planta. Tenía todo el día para subir. Nadie la esperaba, tampoco tenía llaves y aunque las hubiese tenido no sabía cómo utilizarlas. Era tan poca cosa...

Una vez estuvo dentro del ascensor esperó a que alguien necesitara subir, tampoco conocía muy bien cuál de los botones ponía en marcha el elevador. La verdad es que nunca lo había intentado y dudaba de que fuera capaz de hacerlo De pronto vio que Juan entraba con una bayeta en la mano y un cubo lleno de diferentes productos de limpieza. Primero limpió la botonera y luego el espejo y al final accionó el botón que cerraba la puerta para poder limpiarla por dentro. Cuando rociaba la puerta con el producto especial para limpiar aluminio, sintió que le faltaba la respiración. Su corazón latía y se agitaba como si dentro tuviera un terremoto Se le nubló la vista, los ojos parecían querer salir de sus órbitas. Apenas llegaba aire a su cerebro y entre vómitos y convulsiones cayó al suelo. Se sintió mareada y aturdida, Abrió la boca intentando capturar un poco de aire lo consiguió haciendo un esfuerzo supremo. Cuando sintió un poco de lucidez vio como Juan se dirigía a ella y a la vez que la aplastaba con el pie decía: "malditas moscas".

La verdad es que ella para los demás era muy poca cosa.

 

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