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Descalzo,
sentado sobre la arena caliente con las piernas cruzadas, su mirada
se perdía a lo lejos sobre dunas doradas. Sólo veía
arena y más arena con algunas palmeras diseminadas por
el paisaje.
Yamel
tenía ocho años. Adoraba el desierto y su forma
de vida. Era feliz.
Habitaba
en un lugar que, más que pequeño, era minúsculo.
Sólo había una docena de casas en medio del oasis.
Allí vivía con sus padres y dos hermanas más
pequeñas. Era el único varón, esto hacía
que tuviera más obligaciones aunque también más
privilegios.
Desde
que nació, sus padres se ocuparon de que fuera a la escuela,
cuando la había, y de enseñarle las cosas más
básicas para poder sobrevivir en un lugar tan hostil. Debía
ser capaz de aprovechar al máximo los recursos que la naturaleza
le ofrecía.
Una de
sus tareas consistía en llevar todos los días agua
desde el pozo a su casa. A su madre le era imprescindible para
lavar y cocinar.
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Había
parado un momento a descansar y miraba a lo lejos para ver como
el sol se enterraba en la arena. Calculaba cuánto tiempo
tardaría en desaparecer completamente. Imaginaba que el
astro se metía dentro de la Tierra y dormía hasta
el día siguiente. Estaba seguro de que sucedía así
pues pensaba que la bola de fuego acababa el día exhausta
de estar en el cielo, quieta, estática, iluminando el paisaje.
Se merecía un buen descanso.
Cuando
apenas quedaba un pequeño arco por desaparecer, escuchó
ruidos que le eran familiares. Los sonidos provenían del
cielo color naranja.
Todas
las tardes, más o menos a la misma hora, pasaba un avión.
Yamel no sabía desde dónde venía y menos
a dónde se dirigía. Le fascinaban los aviones. Contaba
historias de ellos a su hermana Shera. Se las narraba con pasión.
Explicaba que allí arriba, en eso que parecía un
pájaro grande, iban muchos niños y también
padres. Todos estaban contentos y reían. Les gustaba estar
cerca del sol, entre las nubes. Las alas estaban repletas de comidas,
caramelos, juguetes y lápices de colores como los de la
escuela. Cuando fuera mayor él viajaría en avión.
La niña
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abría
la boca y los ojos todo lo que podía e intentaba imaginar
lo que Yamel le contaba. Él se sentía importante,
admirado, y seguía contando e inventando.
_ ¿Me
llevarás contigo?_. Él sonreía y asentía
con la cabeza.
Esa tarde
el ruido era más fuerte de lo habitual, distinto, más
ronco, menos nítido. Le costó darse cuenta de que
eran varios aviones los que volaban juntos. Viajaban a más
altura y no podía apreciar su silueta. Por el ruido calculó
que habían pasado cerca de treinta. Escuchó con
atención hasta que sólo hubo silencio. No tenía
idea de por qué esa tarde habían decidido ir tantos
juntos.
Se dio
cuenta de que era tarde. Cargó los odres sobre sus hombros
y, con prisa, se dirigió a casa. Aún le quedaba
casi una hora de camino.
Cuando
llegó al pueblo anochecía. La luz cambiaba del color
naranja al gris. Dejó los pellejos a la puerta de la casa.
Al entrar no escuchó los ruidos de siempre que le eran
familiares. No oyó a su madre moler el grano para la cena
ni tampoco
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las risas
de sus hermanas jugando, sólo percibió el sonido
monótono del informativo del día. Corrió
la cortina que separaba una habitación de otra y vio cómo
la familia estaba sentada en esterillas alrededor del televisor,
silenciosa, atónita.
Su padre
se levantó lentamente y, con un gesto que él jamás
había visto en su cara, intentó explicarle, como
pudo, que su nación, Irak, estaba siendo invadida por un
país que ni siquiera sabían situar bien en el mapa.
Habían bombardeado Bagdad.
Yamel
pensó cómo contar a su hermana que los aviones no
eran tan bonitos como le había hecho creer, que no llevaban
golosinas y que ya no quería viajar en ellos. Él
sentía que en adelante Shera no le admiraría. No
se quedaría con la boca abierta. Nunca más volvería
a ver su cara ilusionada cuando le contara cuentos. No volvería
a creer en él.
Rompió
a llorar suavemente, como no había llorado nunca. Sabía
que, aunque no quisiera, tendría que cambiar su historia.
Le iba a ser muy difícil cambiar el cuento.
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