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CAMBIO DE CUENTO

Por Mª Ángeles Olea

Premio del Certamen de Lectura Fernando Abraín

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CAMBIO DE CUENTO

 

 

 

Descalzo, sentado sobre la arena caliente con las piernas cruzadas, su mirada se perdía a lo lejos sobre dunas doradas. Sólo veía arena y más arena con algunas palmeras diseminadas por el paisaje.

Yamel tenía ocho años. Adoraba el desierto y su forma de vida. Era feliz.

Habitaba en un lugar que, más que pequeño, era minúsculo. Sólo había una docena de casas en medio del oasis. Allí vivía con sus padres y dos hermanas más pequeñas. Era el único varón, esto hacía que tuviera más obligaciones aunque también más privilegios.

Desde que nació, sus padres se ocuparon de que fuera a la escuela, cuando la había, y de enseñarle las cosas más básicas para poder sobrevivir en un lugar tan hostil. Debía ser capaz de aprovechar al máximo los recursos que la naturaleza le ofrecía.

Una de sus tareas consistía en llevar todos los días agua desde el pozo a su casa. A su madre le era imprescindible para lavar y cocinar.


 

 

 

Había parado un momento a descansar y miraba a lo lejos para ver como el sol se enterraba en la arena. Calculaba cuánto tiempo tardaría en desaparecer completamente. Imaginaba que el astro se metía dentro de la Tierra y dormía hasta el día siguiente. Estaba seguro de que sucedía así pues pensaba que la bola de fuego acababa el día exhausta de estar en el cielo, quieta, estática, iluminando el paisaje. Se merecía un buen descanso.

Cuando apenas quedaba un pequeño arco por desaparecer, escuchó ruidos que le eran familiares. Los sonidos provenían del cielo color naranja.

Todas las tardes, más o menos a la misma hora, pasaba un avión. Yamel no sabía desde dónde venía y menos a dónde se dirigía. Le fascinaban los aviones. Contaba historias de ellos a su hermana Shera. Se las narraba con pasión. Explicaba que allí arriba, en eso que parecía un pájaro grande, iban muchos niños y también padres. Todos estaban contentos y reían. Les gustaba estar cerca del sol, entre las nubes. Las alas estaban repletas de comidas, caramelos, juguetes y lápices de colores como los de la escuela. Cuando fuera mayor él viajaría en avión. La niña

abría la boca y los ojos todo lo que podía e intentaba imaginar lo que Yamel le contaba. Él se sentía importante, admirado, y seguía contando e inventando.

_ ¿Me llevarás contigo?_. Él sonreía y asentía con la cabeza.

Esa tarde el ruido era más fuerte de lo habitual, distinto, más ronco, menos nítido. Le costó darse cuenta de que eran varios aviones los que volaban juntos. Viajaban a más altura y no podía apreciar su silueta. Por el ruido calculó que habían pasado cerca de treinta. Escuchó con atención hasta que sólo hubo silencio. No tenía idea de por qué esa tarde habían decidido ir tantos juntos.

Se dio cuenta de que era tarde. Cargó los odres sobre sus hombros y, con prisa, se dirigió a casa. Aún le quedaba casi una hora de camino.

Cuando llegó al pueblo anochecía. La luz cambiaba del color naranja al gris. Dejó los pellejos a la puerta de la casa. Al entrar no escuchó los ruidos de siempre que le eran familiares. No oyó a su madre moler el grano para la cena ni tampoco

las risas de sus hermanas jugando, sólo percibió el sonido monótono del informativo del día. Corrió la cortina que separaba una habitación de otra y vio cómo la familia estaba sentada en esterillas alrededor del televisor, silenciosa, atónita.

Su padre se levantó lentamente y, con un gesto que él jamás había visto en su cara, intentó explicarle, como pudo, que su nación, Irak, estaba siendo invadida por un país que ni siquiera sabían situar bien en el mapa. Habían bombardeado Bagdad.

Yamel pensó cómo contar a su hermana que los aviones no eran tan bonitos como le había hecho creer, que no llevaban golosinas y que ya no quería viajar en ellos. Él sentía que en adelante Shera no le admiraría. No se quedaría con la boca abierta. Nunca más volvería a ver su cara ilusionada cuando le contara cuentos. No volvería a creer en él.

Rompió a llorar suavemente, como no había llorado nunca. Sabía que, aunque no quisiera, tendría que cambiar su historia. Le iba a ser muy difícil cambiar el cuento.

 

 

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